Conjunto de seis acrílicos que va del blanco puro a los tonos rotos y hasta un gris basalto oscuro.
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Pintar una superficie blanca es una de las disciplinas más difíciles, porque la blancura por sí sola, sin gradación, resulta plana y la maqueta se pierde en una única mancha informe. Los maquetistas experimentados trabajan por eso con todo un grupo de tonos rotos y se guardan el blanco puro para el último realce de las aristas.
La escala la abre el blanco puro, le sigue el blanco roto, el gris plateado, el gris cálido, el gris con un matiz hacia el rojo y, al final, el basalto oscuro. Las distancias entre ellos son lo bastante pequeñas para poder encadenarlos sin mezclar y, a la vez, lo bastante grandes para que la transición se vea en la maqueta. Hay además en el juego más grises con matiz cálido y frío, lo que ayuda a diferenciar las superficies según dónde incide la luz.
Camuflajes de invierno de vehículos, pinturas navales claras, cerámica blanca y madera blanqueada en dioramas. El procedimiento suele ser el inverso al habitual: primero el gris más oscuro en los recovecos, después un aclarado progresivo hacia las superficies expuestas a la luz y, al final del todo, pincel seco con blanco puro en las aristas. Quien pinte una capa de invierno de un vehículo agradecerá que los tonos rotos se puedan aplicar en seco y raspar, de modo que bajo ellos trasluzca el camuflaje original.
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