Juego de catorce tocones quebrados para escenas de bosque y de claro. Accesorio para construir paisaje.
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Un tronco quebrado cuenta una historia que un tocón cortado a ras nunca logra. Una astilla que sobresale hacia arriba significa un vendaval, nieve o la vejez de una madera que cedió antes de que nadie llegara hasta ella con una sierra. Justamente esos restos de troncos astillados son los que contiene este juego, y por eso va bien allí donde el paisaje debe resultar salvaje y no gestionado.
En la caja van catorce piezas, así que alcanzan para todo un claro y también para piezas dispersas a lo largo de un camino. Distribuidas de forma irregular y con distinta orientación resultan naturales; alineadas en una línea delatan de inmediato que alguien las ha colocado.
Un tocón por sí solo parece un objeto pegado. Resulta convincente solo cuando a su alrededor surgen los contrafuertes de las raíces hechos con pasta de modelismo, al pie se espolvorea granulado de hierba y la superficie de la madera se oscurece con un lavado. Unas hojas caídas al pie del tronco remata la diferencia. Dónde va bien:
Un tronco muerto no es marrón. La madera seca se vuelve gris, en la cara norte se oscurece por la humedad y en las grietas queda una sombra casi negra. El procedimiento probado es por tanto un tono marrón base, encima un lavado oscuro que penetre en la estructura y, al final, un pincel seco con un gris claro por los cantos de la rotura. Un par de manchitas verdes al pie dirá después cuánto tiempo lleva ya el tocón en el bosque.
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