Treinta y cinco matas rosas de seis milímetros de altura, utilizables como vegetación en flor y también como vegetación extraña.
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Las fibras rosas saben hacer algo que la hierba por sí sola no consigue. Repartidas entre matas verdes parecen matas florecidas, así que un prado gana un acento de color sin un laborioso punteado a pincel. Justo por eso recurren a ellas incluso maquetistas que, por lo demás, pasan de largo ante los materiales de fantasía.
En el paquete hay treinta y cinco unidades y la fibra mide seis milímetros. Esa es la altura a la que el color resulta claro en la escena incluso desde cierta distancia, es decir, en una fotografía o en una vitrina, donde el espectador no se acerca a la maqueta al alcance de la mano.
En el primer modo vale la regla de la moderación. Un prado florecido tiene siempre más verde que flores, así que una proporción de una unidad de color por cada cuatro verdes es un punto de partida seguro. En el segundo modo, al contrario, no ahorre color, pero ayúdese con tonos más apagados en el fondo, para que la escena tenga profundidad y el rosa no se aplaste en un solo plano.
Una cosa más, práctica. Los tonos claros y saturados se ven de forma distinta bajo la iluminación corriente del taller que bajo una luz de exposición, que suele ser más fría. Antes de dar por terminada la distribución, mire la escena también junto a la ventana con luz de día. La diferencia en cómo el color encaja con el entorno puede sorprender.
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