En 1/200 el modelismo naval se convierte en una obra de carpintería fina. Un acorazado de 270 metros reales sale a 135 cm y un trasatlántico famoso queda casi igual; un destructor lanzamisiles moderno, en cambio, se queda en unos 78 cm. Antes de abrir la caja conviene medir el hueco, porque el salto entre una unidad y otra es de medio metro largo.
A cambio, es la escala donde todo se ve. Los portillos, las escalas reales, las defensas antiaéreas y la tablazón de cubierta dejan de ser una sugerencia y pasan a ser piezas. La selección va de los acorazados y portaaviones de la Segunda Guerra Mundial a los destructores lanzamisiles actuales, con trasatlánticos, remolcadores de salvamento y lanchas rápidas de por medio.
A 1/200 un marinero mide nueve milímetros y una escala de gato se distingue peldaño a peldaño. Eso cambia la forma de trabajar: las superficies grandes exigen un acabado homogéneo, porque cualquier marca de pincel se ve, y las piezas pequeñas admiten pintura de detalle de verdad, no sugerida. Es la escala a la que el modelismo naval se parece más al ferroviario.
Un casco de 270 metros reales da 135 cm; uno de 250, unos 125; un destructor de 155 metros se queda en 78 cm. La diferencia no es anecdótica: al pasar de un destructor a un acorazado la maqueta no solo se alarga, sino que ocupa más del triple de superficie, porque el ancho crece en la misma proporción.
A este tamaño una barandilla moldeada en plástico tiene el grosor de un cabo de amarre real, y se nota. Las barandillas, escalas, antenas y rejillas de fotograbado son la mejora de mayor efecto, seguidas por la cubierta de chapa de madera, que resuelve en un paso lo que serían horas de enmascarado.
Cubrir un costado de más de un metro con pincel es un ejercicio de paciencia con mal final. Con aerógrafo se consigue una capa fina y uniforme, y la línea de flotación se resuelve con cinta sin pelear contra el relieve.
Si el tamaño te parece excesivo, compara con las otras escalas de la rama en maquetas de barcos.