Follaje en tono de conífera con un matiz frío, para abetos, pinos y piceas. Cubre aproximadamente 464 centímetros cuadrados.
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Una conífera tiene un tono más frío, desplazado hacia el azul, y lo mantiene todo el año. Es justo esa diferencia la que decide si un bosque en un diorama parece una vegetación mixta o una colección de árboles iguales pintados con un mismo color. El abeto, el pino y la picea necesitan por eso su propio tono, no el mismo material que el abedul de al lado.
Un árbol conífero se construye de arriba abajo por pisos. La punta es estrecha, los pisos inferiores más anchos, y entre ellos quedan huecos por los que se transparenta el tronco. El material no se rompe por eso en mechones redondos, sino en trozos planos que se colocan en horizontal sobre el armazón. Quien se salte esa diferencia obtendrá un arbusto puesto sobre una estaca.
Una vegetación de coníferas soporta mayor densidad que una caducifolia, porque en el bosque los árboles se tocan a menudo con las ramas. Aun así vale la pena dejar en el borde de la cubierta unos árboles aislados con una silueta visible. El ojo del espectador imagina la forma de todo el bosque justo a partir de ellos, mientras que el interior de la cubierta lo percibe solo como una masa oscura sin detalle. Unos pocos árboles construidos con cuidado delante hacen por eso más que veinte pegados a toda prisa detrás. La misma reflexión vale para la altura: árboles de alturas desiguales delatan un bosque que creció solo, mientras que una fila de ejemplares de la misma altura parece una alameda plantada.
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