Cubrir un metro de terreno fibra a fibra no es realista, y para eso están las alfombras. Esta subcategoría reúne el césped que ya viene montado sobre un soporte flexible: alfombras lisas en 75 × 100, 100 × 200 y 100 × 300 cm, esterillas texturizadas de 19 × 30 cm, hierba salvaje en 45 × 17, 40 × 24 y 40 × 40 cm y mini esterillas de 34 × 24 cm en lotes para parchear. Se recortan con tijera, se pegan sobre el terreno ya modelado y admiten una segunda capa encima.
Las gamas cubren prado claro y oscuro, pradera en flor, suelo de bosque, sabana, zona pantanosa, pradera de montaña y colores de otoño. A ellas se suman las láminas de follaje de 28 × 14 cm, para copas de árbol y para hiedra en los muros, y los copos y fibras a granel en botes de 200 ml, en versión fina y gruesa, con los que se corrige el borde de la alfombra.
La alfombra gana en superficie y en tiempo; la fibra suelta gana en realismo. Lo que funciona es la combinación: alfombra como base y césped estático o matojos encima, sobre todo en las zonas que el espectador va a mirar de cerca. Usada sola, la alfombra se reconoce por su altura uniforme.
Tres cosas ayudan. Recortar el contorno en forma irregular en lugar de en recto, levantar el terreno por debajo con restos de espuma para que la superficie no quede plana, y pasar un velo de pintura muy diluida en dos o tres tonos para romper el verde de fábrica.
Llevan la fibra más larga y desordenada, de modo que sirven para linde, cuneta y terreno sin cultivar. Se pueden peinar con los dedos y recortar por zonas para crear altura desigual, que es justo lo que una alfombra lisa no da.
La lámina de follaje no va en el suelo: se trocea y se aplica sobre un armazón de árbol o directamente contra un muro para hacer hiedra. Se separa en jirones con los dedos, nunca con tijera, porque el borde cortado se ve.
Todo el material de paisaje ordenado por tipo está en accesorios escénicos.